El León de Damasco
El León de Damasco Advirtió de nuevo que sirvieran a su señor en la habitación del prisionero y retornó al salón, donde Nikola conversaba con los venecianos. Se aproximó y dijo:
—Se hallará muy contento el bajá de haber encontrado a su hijo, aunque se haya vuelto cristiano, ¿no es cierto?
—Ha sido una escena emocionante. Ahora el bajá, informado de todo y bajo la protección de su hijo, está satisfechÃsimo. ConfÃa en regresar a Damasco si no envÃa con mil diablos el Corán. Entre nosotros: le creo bastante asqueado de sus feroces compatriotas y no resultará raro que de aquà a poco la cristiandad cuente con un renegado más.
—¡Y de qué categorÃa! No son demasiado numerosos los bajás que reniegan de la Media Luna.
—Bajad más la voz —aconsejó con viveza el albano.
Acababa de surgir en una de las puertas, y se hallaba como si pretendiera oÃr lo que se decÃa, la poco agradable figura del armenio.
—He ahà un hombre a quien precipitarÃa con mucho agrado desde la terraza más alta del castillo. No puedo asegurar por qué razón le considero infinitamente más peligroso que a Sandiak.
Y levantando la voz y volviéndose al secretario de Haradja, agregó: