El León de Damasco

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Habrá que vigilarlos —pensó Mico, mientras los seguía con la vista—. Esta noche no se tomará café… El polvo de diamante se mezcla con mucha sencillez al azúcar y…

Un instante más tarde encaminóse al salón. Cuatro negros y otro número igual de criados se afanaban en disponer la mesa, adornándola con flores.

—¡Por mil tiburones! ¡Con qué rapidez me obedecen! —murmuró para sí—. Al parecer es insuficiente nombrar al sultán para que todos vayan de cabeza. Bien. Mi señor cenará esta noche con su padre. En consecuencia, quedaremos de dueños y señores del comedor. Pensemos, pues, en su cena.

Y tras estas palabras, se encaminó a la cocina y espantó a los cocineros hablándoles del sultán y notificándoles que hablaba por su boca el Gran Señor. Los desgraciados le hicieron continuas reverencias, asegurándole que harían cuanto les fuera posible por dejarle contento.

«Afirmaban que Hussif era un tétrico castillo —razonaba para sí—, pero lo que yo observo es que vive de una manera muy agradable. Si continuamos en este lugar un par de semanas, vamos a retornar a Candía gruesos como botas».


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