El León de Damasco
El León de Damasco —Tú marcha a escribir cartas, o mejor todavÃa, a decir que nos preparen la cena. En Constantinopla no se espera a la puesta del sol para cenar. Se cena más temprano para hacer bien la digestión antes de la hora de acostarse y dormir plácidamente. ¿Me has comprendido?
—Te expresas demasiado bien en turco para no comprenderte.
—Bien; pues, ¡fuera!
—¿Cómo? —inquirió Sandiak, palideciendo y llevando la mano a un kangiar de los que tenÃa al cinto, en tanto que el armenio se mordÃa los labios y miraba furiosamente al servidor del León de Damasco.
—Hablaba a tu compañero. Deja, por tanto, en paz tu kangiar. Yo tengo también uno y no lo toco. No obstante, no hay quien pueda competir con los albaneses en una pelea con arma tan corta.
—¿Me retas?
—¿Yo? ¡LÃbreme Alá de provocar pendencia, ni menos de transgredir las instrucciones del sultán! ¿Me has comprendido bien? Del sultán.
El capitán de armas inclinó la cabeza, farfulló algunas palabras y se fue con el armenio, cuyos ojos echaban lumbre.