El León de Damasco
El León de Damasco El griego se encogió de hombros y empezó a bajar las escaleras a paso lento. Mico echó a andar detrás de él y no habrían descendido ni cien metros cuando oyeron surgir del agua golpes sordos, que se sucedieron con celeridad.
—¿Qué ocurre abajo?
—Te lo iba a preguntar a ti.
—Esos golpes…
—Podría asegurar que están destruyendo alguna galeota en la rada. Por lo menos, eso me ha parecido.
—Vamos a comprobarlo, Nikola.
—Es necesario, pero al instante. Descendamos a saltos.
Y se lanzaron, bajando de cuatro en cuatro los peldaños. Pero cuando alcanzaron la cala imperaba en ella el máximo silencio.
—Hemos de resolver este misterio. Hace un instante había aquí alguien que destrozaba algo de madera y en este momento no se distingue un ser viviente, y…
Una exclamación del albanés cortó en seco sus palabras:
—¡Perros!
—¿Qué sucede, Mico? —inquirió, llevándose la mano al yatagán.
—¿Puedes imaginar lo que destrozaban esos miserables?
—No. ¿Qué era?