El León de Damasco
El León de Damasco —Nuestra embarcación.
—¡No es posible!
—Fíjate en ella. Se halla desfondada y hundida; llena de agua. Únicamente el palo sale fuera de la superficie.
Los dos hombres guardaron silencio por un momento. El griego, con un gesto de furia, exclamó:
—Nos han cercado. Ahora nos es imposible marchar al encuentro de la escuadra.
—Todavía hay algo más. Yo observé, a nuestra llegada y hasta esta misma tarde en la cala, un enorme caiccio turco y en este momento no lo veo. Fíjate. Ha desaparecido.
—Nos han traicionado. La carta del sultán no ha producido resultado más que durante unas pocas horas.
—¿Nos asesinarán?
—No vamos a dejar que nos maten igual que a gallinas. Nos parapetaremos en la habitación donde se encuentra el bajá y aguantaremos hasta que lleguen los refuerzos del almirante. Enciende las mechas de las pistolas y acompáñame. Es necesario que notifiquemos al momento lo que acontece a Muley-el-Kadel.