El León de Damasco

El León de Damasco

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CAPÍTULO XX

LA MUERTE DEL CAPITÁN DE ARMAS

Cuando llegaron a la habitación donde se encontraban sus camaradas, el León de Damasco, sentado junto al lecho ocupado por su padre, se hallaba pensativo, en tanto que los venecianos, en un ángulo del espacioso aposento y en torno a una mesita de madreperla, jugaban en voz baja una partida de zara, con las espadas al cinto y las pistolas y arcabuces dispuestos y al alcance de las manos.

El griego y el albanés cerraron las cuatro puertas de la soberbia estancia, afirmándolas por el interior con sus correspondientes barras de hierro. Al divisarlos Muley con las pistolas humeantes y tomando todas aquellas precauciones, se levantó de un brinco, llevándose la mano a la empuñadura de su formidable espada.

—¿Qué sucede?

—Que no podemos abandonar el castillo si no nos manda una embarcación el almirante.

—¿Y la nuestra?

—Se encuentra a dos metros del agua, desfondada.

—¿Quién lo ha hecho?

—Alguien que está interesado en retenernos en este lugar.

—Explícate, Nikola.

El griego le explicó lo ocurrido.


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