El León de Damasco
El León de Damasco —¿Y no habéis visto a los hombres que hundieron nuestra chalupa?
—Se desvanecieron. Sin embargo, vimos que el caiccio turco había desaparecido.
—¿También desfondado?
—No, señor.
Muley contempló a su padre, que había prestado atención a todo el diálogo, y le preguntó:
—¿Qué opinas sobre todo esto, padre?
El bajá se atusó las largas barbas y repuso:
—Mi opinión es que Sandiak ha enviado mensajeros a Haradja para informarle de vuestra llegada, con el fin de que vuelva de Candía. Y tomó sus precauciones con el fin de que no pudierais marcharos antes de que ella retorne o dé indicaciones precisas.
—¿Y volverán con Alí para apresarnos?
—Eso supongo. Deben haber recelado de la carta del sultán.
—No obstante, los sellos eran auténticos.
—No deseo contradecirte, Muley. Mas ya ves las consecuencias. ¿Cómo nos las arreglaremos ahora para abandonar el castillo y reunimos con la flota veneciana sin una embarcación?