El León de Damasco

El León de Damasco

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—Puedo hacer que el almirante se entere de lo grave de la situación y que acuda al instante con sus ocho galeras y sus ochocientos guerreros. Me basta situar en cualquier ventana o en la terraza una luz verde, entre las once de la noche y las dos de la madrugada.

—¿Y posees tú la luz verde?

—No. Pero sin duda hallaremos en el castillo algún farol de ese color.

Bien, señor —dijo el griego—. Mico y yo nos ocuparemos de eso. Antes de media hora colocaremos en esa ventana un farol de vidrios verdes, encendido.

—¿Y qué explicarás a Sandiak?

—Yo me las arreglaré. Veamos si en el salón ha quedado alguna botella de marsala vacía.

Los cuatro venecianos, que habían abandonado el juego, se incorporaron. Uno de ellos anunció:

—Nosotros vamos también.

—Sí —convinieron los tres restantes—, vamos con vosotros.

—No, señores. Si precisáremos ayuda llamaríamos y de ser necesario libraríamos combate hasta echar al mar a los kurdos y los negros de Hussif. Pero ahora permitidnos que nos las arreglemos solos.

—Y recordadme si se inicia la lucha. Aún mi brazo es capaz de pelear. Me siento fuerte.


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