El León de Damasco

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—Pienso que no será necesario, por lo menos de momento. A pesar de que somos dos, procuraremos valer por ocho y mientras podamos conseguir lo que deseamos por la astucia, tanto mejor. Mico, apaga la mecha de tus pistolas y vuelve a la vaina el yatagán.

Ambos hombres abandonaron el aposento y subiendo las escaleras entraron en el salón, alumbrado por una lámpara de vidrios azules que refractaba la luz, en vividos destellos sobre las paredes, revestidas de mayólica, y distinguieron al armenio sentado cómodamente y fumando un narguilé. Delante de sí y sobre la mesa tenía un puñal largo, como los que utilizaban sus compatriotas, y una taza de humeante café.

—¡Qué! —exclamó, incorporándose al ver penetrar al griego y a Mico—. ¿Todavía no os habéis acostado? En Hussif a las diez se apagan todas las luces y faltan breves minutos para esa hora.

—Nos acostaremos una vez que nos hayas explicado un asunto que nos interesa —respondió Nikola, con acento un poco amenazador.

—¿No lo podríais dejar para mañana por la mañana?

—No; ha de ser en este preciso momento.


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