El León de Damasco
El León de Damasco —No es una broma. Por curiosidad la examiné esta tarde y encontré que grabado a fuego en la barra del timón tenía el nombre de un ilustre almirante veneciano, ese maldito que hace años hizo temblar a Constantinopla: Mocenigo.
—¿Y qué? —exclamó Nikola, reprimiendo ardientes deseos de abalanzarse contra Hassard y estrangularlo.
—Nada. Me resulta, no obstante, raro que siendo mensajeros del sultán hayáis llegado en una chalupa veneciana.
—¿Y si hubiera sido apresada por las galeras turcas?
—Todo es factible —admitió el armenio, tomando su taza de café.
—Prosigue tu narración respecto a los cangrejos —indicó Mico.
—¡Ah! Ya no la recordaba. Pues es el caso que en la cala es frecuente que se introduzcan en ocasiones numerosos crustáceos de gran tamaño, que destrozan todo lo que encuentran.
—¿Incluso las galeras? —inquirió con acento irónico el griego.
—Hasta el momento no han destruido ninguna, pero no me extrañaría que cualquier día…
—¿Eres marinero?
—No; solamente soy hombre de pluma.