El León de Damasco

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—Yo no puedo entregarlo sin el consentimiento del capitán de armas —respondió el armenio, espantado y sin osar extender el brazo para apoderarse del puñal.

—No obstante, lo harás.

—No me es posible…

—¡Miserable!

Sandiak se presentó en aquel instante e inquirió, llevando sus manos hacia sus dos yataganes:

—¿Qué sucede?

El armenio recobró su valor y planteó la extraña petición de los huéspedes.

—¡Un farol verde! —exclamó el capitán de armas, adquiriendo una sombría expresión—. ¡Señal de peligro! ¿Qué intentáis?

—Aliviar algo al bajá, ya que su delicada vista no puede soportar la luz blanca.

—Creo que os tornáis en exceso exigentes. Haradja no está.

—Pero no falta quien navega en estos instantes para prevenirla de cuanto acontece. Que venga. La esperamos a ella y a su tío el gran bajá. Veremos quién será el que hará palidecer al contrario.

—¡Un farol verde! —insistió Sandiak, todavía con tono de duda.

—¡Y rápido! La carta del sultán era bien aclaratoria.

—Sí, pero si fuera falsa…


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