El León de Damasco

El León de Damasco

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—¿Y quién pretendería falsificar los sellos del sultán para acabar empalado?

—¿Os es imprescindible ese farol?

—Naturalmente, ya expliqué la razón. Si no hubierais encerrado al bajá en un calabozo tan húmedo…

—¿Y en efecto le tiene en tan alta estima el sultán?

—¡El bajá de Damasco!… Esto ni se pregunta.

—Es que… mi señora por lo visto no lo apreciaba demasiado.

—Haradja no es el sultán.

—Acaso estás en lo cierto. Hassard, manda que traigan un farol verde. En el almacén hay cinco o seis.

—Es que son para señales —adujo el armenio.

—Cumple la orden y no contestes. El que manda aquí soy yo. Si no actúo debidamente la señora puede castigarme.

El secretario de Haradja abandonó la estancia mascullando y regresó al poco rato acompañado de un negro, que portaba un soberbio farol de un metro aproximado de altura y de verdes vidrios.

—Aquí tenéis los ojos del bajá, pero os prevengo que si lo colocáis en la ventana lo romperán a balazos los arcabuceros.

—Tú sabes lo que has de hacer —repuso el griego, tomando el farol, ya encendido—. Vamos, Mico. Ya es momento de probar las camas del hisar de Hussif.


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