El León de Damasco
El León de Damasco Y haciendo con la mano un burlón saludo al capitán de armas y el armenio se fue en compañía del albanés, quien desenvainó los yataganes, en previsión de cualquier sorpresa. Dos minutos más tarde se hallaban en la estancia del bajá.
Al enterarse de lo sucedido, Muley experimentó cierta inquietud, en especial al saber las intenciones de disparar los arcabuces contra el farol si se colocaba en la ventana, según manifestara Sandiak.
—Sospechan de nosotros. Y el caso es que tenemos que huir antes de que llegue Haradja con su tío. No obstante, la señal es de imperiosa necesidad si ha de acudir en nuestro auxilio el almirante.
—¿En qué se convino?
—Exponerlo en tres ocasiones con intervalos de un minuto, como indicación de grave peligro. ¿Tú, que tienes tan estupenda vista, distingues las galeras?
El griego se dirigió a la ventana y observó detenidamente el horizonte del Mediterráneo, que empezaba a iluminarse con fauna fosforescente.
—Sí, señor Muley, las veo.
—¿Supones que puede haber en Hussif alguien que también pueda avistarlas?
—¿Aquí en Hussif? Tengo mis dudas, señor Muley. Se hallan a mucha distancia. Casi distingo yo los ocho puntos luminosos.