El León de Damasco
El León de Damasco —Entonces esperaremos a que la guarnición esté descansando. Tenemos tiempo sobrado para hacer la señal.
Apagaron todas las luces con excepción del farol verde que dejaron en mitad de la habitación. Luego examinaron las barras de la puerta y los venecianos, Nikola y Mico pasaron al aposento contiguo y se tumbaron para descansar en sus camas, en tanto que el León de Damasco se quedaba adormilado en una poltrona al lado de su padre.
Hacia medianoche, el griego, que, como los marineros, dormitaba en forma ligera, brincó del lecho, entró en la estancia del bajá y, en primer lugar, encendió las mechas de los seis arcabuces. Luego se asomó a la grandiosa ventana que daba a la terraza y examinó atentamente las tinieblas.
—Al parecer se han marchado todos a dormir. Ocurra, por consiguiente, lo que ocurra, es aconsejable terminar cuanto antes.
Tras aquel comentario recorrió una cama detrás de otra despertando a todos sus amigos y cogiendo el farol lo expuso audazmente en el alféizar de la ventana. Un instante más tarde llegó desde abajo una voz amenazadora.
—¿Qué hacéis? ¡Sacad al momento ese farol o abro fuego!