El León de Damasco
El León de Damasco —¡Mientes! —gritó Haradja, irguiéndose, lÃvida—. ¡Mientes!… Pero de todas maneras, estás en lo cierto. Es tu hijo y has de defenderle… No obstante, a ella no. Ella es una cristiana que luchó contra los hijos del Islam, y mató a tal número de ellos que bien debes, a pesar de que se trate de una mujer, entregármela. ¿Dime dónde se encuentra esa mujer? ¡Quiero averiguarlo!
—Si no he tenido noticias sobre Muley, mucho menos puedo haberlas tenido de la cristiana. ¿Dónde están? ¿Quién lo sabe? Únicamente sé que la duquesa tenÃa extensas posesiones en Nápoles y también en Negroponto y CandÃa. Es posible que recorran Italia, o acaso otra parte de Europa, si no se considera a salvo en Italia.
—¿Abandonando a su hijo en Venecia?
—Nuestros compatriotas no tienen, ahora que la guerra sigue sin tregua, acceso a la Reina de los Lagos. No han podido olvidar aquellos mercaderes la pérdida de la mayor parte de sus colonias: Morea, Negroponto y Chipre. Y tampoco han podido olvidar aquellos quinientos guerreros que, habiendo caÃdo con vida en poder de Mohamed II, fueron asesinados…
—El sultán estaba en su derecho y, por otra parte, era familiar tuyo.