El León de Damasco
El León de Damasco —Yo, que me considero acaso más turco que los que habitan en Constantinopla, no hubiera cometido semejante canallada.
—Ellos fueron los culpables. ¿Por qué obstinarse en proseguir la guerra si no eran lo suficientemente fuertes?
—No obstante, han exterminado, bajo las murallas de la ciudad de Chipre, y en Candía, Morea y Negroponto, a más de doscientos mil guerreros y han aniquilado además, con la ayuda de los caballeros de Malta, más de trescientas galeras. ¡De manera que si llegan a ser lo bastante fuertes!… En diez años de sitiar Candía por tierra y mar, ¿qué hemos logrado? ¿Qué ha realizado tu gran tío con sus quinientas galeras? ¿Y qué ha conseguido Yussuf Bajá?
—Conquistar Canea.
—No la totalidad de la isla, a pesar de que por todos los caminos se distinguen los huesos de nuestros guerreros.
—Bueno; eso no me preocupa. El que marcha a la guerra, ya sabe que puede morir. Por tanto, deja de decir bobadas y, en el supuesto de que no quieras confesar dónde está tu hijo, dime en qué lugar se esconde la cristiana.
—Ya te dije que no lo sé —repuso el bajá en tono seco.
—¿No lo quieres confesar?