El León de Damasco
El León de Damasco —No lo sé.
—Igual hablaba tu capitán de armas, y observa el final que tuvo; fíjate qué sacó con su obstinación.
—¿Te atreves a amenazarme? —inquirió el anciano, arrugando la frente y poniéndose pálido.
Haradja se encogió de hombros e indicó al corpulento negro:
—Trae sobre cubierta un par de caballetes, dos mesas y tres navajas de afeitar.
—Sí, señora.
—¿Serías capaz? —bramó el bajá.
—¡Bah! ¿Quién eres tú en este momento, señor de Damasco? Un derrotado…, un prisionero de guerra; nada más.