El León de Damasco
El León de Damasco —¿Dónde se podrá encontrar otro farol verde? —interrogó el griego crispando los puños—. No obstante, Sandiak aseguró que habÃa cinco más. ¿Recuerdas, Mico?
—¡Ya lo creo que lo recuerdo!
—¿En qué lugar estarán?
—Por el momento no hay que pensar en ello, Nikola —contestó el León—. No es cuestión de registrar el castillo cuando todos esos kurdos y negros nos acosan.
—Y, sin embargo, señor, hemos de hacer la última señal si deseamos que el almirante con su flota venga en busca nuestra.
—Ya lo sé. Pero de momento mantengámonos a la expectativa. Habrá tiempo de sobra para actuar según como se desarrollen los acontecimientos. Acaso los guerreros de Haradja, por miedo a ofender a unos auténticos representantes del sultán, no se decidan a combatirnos. ¿Habéis echado las barras a todas las puertas?
—A todas, señor —replicaron los venecianos.
—Tal vez fuera conveniente preparar barricadas, poniendo detrás de ellas los muebles.
—Lo vamos a hacer, señor.
En aquel instante el armenio gritó desde el exterior:
—¿Se puede parlamentar? He ordenado que se apaguen las mechas.