El León de Damasco
El León de Damasco EL PASADIZO MISTERIOSO
Muley-el-Kadel apartó con el pie el armazón del enorme farol, que ya solo despedía una luz blanquecina algo vacilante y se aproximó a la ventana, sosteniendo dos pistolas con las mechas encendidas.
—¿Quién habla? —inquirió.
—Soy yo. El armenio Hassard.
—¿Qué deseas?
—Notificaros que los kurdos exigen la cabeza del que mató al capitán de armas.
—¿A nosotros, los emisarios del sultán? ¿A tanto llega su osadía? ¿Es que ya no acatan y obedecen las órdenes de Constantinopla?
—No sé contestaros, señor. Pero pretenden vengar a Sandiak.
—¿Y supones que voy a entregarte al hombre que ha disparado o, para mayor exactitud, ha respondido al fuego del capitán de armas?
—No soy capaz de retenerlos, señor.
—Dales de beber para que se calmen.
—Están hablando de atacar vuestras habitaciones y daros la misma suerte que tuvo Sandiak.
—Exageras, endemoniado cuervo —exclamó Nikola—. Eres tú quien pretendes insurreccionarlos contra nosotros.
—Siempre me creó temor el derramamiento de sangre.
