El León de Damasco
El León de Damasco —Terminemos —dijo en tono autoritario Muley.
—Insisto en que los kurdos reclaman la cabeza del asesino y que si no la entregáis están resueltos a ir en busca de ella.
—¿AquÃ, a nuestras estancias?
—No cabe duda.
—¿Asà que nos imaginan mancos?
—¿Y no son mejores que las espadas y los arcabuces las culebrinas de Hussif?
—¿Deseas destruir el castillo de tu señora?
—Ahora no mando yo. Los kurdos no quieren acatar mis órdenes.
—Hazte obedecer por los negros.
—Los negros no quieren obedecerme tampoco, señor.
—En tal caso ven a detenernos, si eres capaz.
—Os recomiendo que me entreguéis al asesino de Sandiak.
—Aquà no tenemos ningún asesino. Estás loco, Hassard.
—Bien. Entonces hablarán las culebrinas.
—Las paredes son sólidas, las puertas resistentes y bien atrincheradas y nuestra escuadra sigue aún frente a Hussif.
—He mirado con detenimiento y no la he visto.