El León de Damasco

El León de Damasco

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—Porque no eres marinero —gritó Nikola—. Eres un gato de las montañas de Armenia y además medio ciego, ya que de noche no ves más allá de tus narices.

El armenio rugió como un tigre enfurecido.

—¡Ah, perro! Si te puedo apresar, moriré satisfecho.

—Si deseas jugar una partida de yatagán o de kandjar, no tienes más que venir. Llama y se te dejará entrar.

—¿Con el objeto de asesinarme?

—¡Bufón! Somos guerreros y no escribientes.

—Te arrancaré la lengua.

—A palabras necias, oídos sordos.

—¡Kurdos! ¡Negros! —gritó el armenio, que parecía enloquecido por la cólera—. ¡Disparad hasta que destruyáis el hisar!

—Es excesivo —repuso con acento burlón el griego—. Ten presente que estamos nosotros en su interior.

Los asediados se apartaron a los lados o se resguardaron detrás de la columna de mármol chipriota, muy gruesa y sólida.

En el patio, kurdos y negros formaban una horrible algarabía y de cuando en cuando distinguíanse mechas encendidas que arrojaban resplandores rojizos en dirección al reducto.


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