El León de Damasco
El León de Damasco —En tal caso arrojadnos por la ventana su cadáver para decapitarlo y precipitar su cuerpo contra la escollera.
—De eso trataremos mañana por la mañana.
—¡Haced avanzar las culebrinas! —bramó Hassard.
—Acuérdate de que es la propiedad de tu señora la que vas a destruir —exclamó con acento de burla el griego—. Por nosotros no te inquietes; apresaremos las balas con las manos y nos dedicaremos a jugar a la zara.
—Os destrozaréis los dedos.
—No sufras. Nos encontramos a salvo.
En la estancia estaban solos el bajá y su hijo, Mico y Nikola. Los cuatro venecianos encontrábanse en el aposento inmediato, cuidando de las puertas, por miedo a que los fornidos negros la emprendieran con ellas a hachazos.
—Coloquémonos tras de las paredes para estar a resguardo de los disparos. Estos muros pueden aguantar muy bien el fuego de las culebrinas. Para abatirlos se precisaría usar bombardas de buen calibre. Destrozarán en gran manera el cuarto, pero es Haradja quien paga. ¡Atención! Veo brillar una enorme mecha en el reducto.
Abandonaron todos la ventana. Cinco o seis segundos más tarde un relámpago brotó de aquel punto y a continuación una detonación aguda vibró en el espacio.