El León de Damasco

El León de Damasco

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Un proyectil, de unas tres libras acaso, cruzó la habitación y fue a destrozar entre gran fragor un soberbio espejo de Venecia colocado en la pared.

—¡Zara! —exclamó el griego aproximándose con cautela a la ventana—. Gané el juego, Hassard, y tu ama paga.

—¿Qué pagará? —aulló el armenio.

—El gran espejo veneciano. Si bien no soy de Venecia, me parece que no me engaño al tasarlo en cien cequíes como mínimo. ¿De esta forma te preocupas de los intereses de tu señora, Hassard? En cuanto lo vea, te lo hará pagar.

—¡Por todos los diablos! ¿Qué hablas, perro? ¿Un espejo?

—Sí, hombre. Aquel de gran tamaño que se hallaba junto al lecho. ¿No te acuerdas? Cien cequíes, pero ¡es lo mismo!, no te inquietes. ¿Qué significan para tu bolsa cien cequíes? Te puedes permitir estos lujos.

—¡Ah, malvado! ¡Cómo te aprese!

—¿Qué harías? ¿Probar en mi piel tu necia y vulgar pluma de ganso?

—Precipitarte de cabeza a la escollera.

—No me interesa.

—¡Ah! Habréis de ceder.

—¡Bah! Los escribanos no pueden transformarse en un instante en hombres terribles. No es utilizando una pluma como se convierte uno en guerrero, créeme.


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