El León de Damasco
El León de Damasco —¿Te rindes? ¿Te entregas?
—¿Para qué? Me encuentro muy bien aquÃ.
—¿Y mañana qué comeréis?
—Eso lo solucionaremos con el cocinero. No te inquietes.
—¡Es demasiado! —bramó frenético Hassard—. Continuad las descargas. Acabemos con esos falsos emisarios del sultán. Os garantizo que todos son cristianos.
—¿Incluso el bajá de Damasco? —indagó con una risa el griego.
El armenio no consideró conveniente contestar.
—Dispongámonos para el segundo disparo. ¿Qué será lo que destroce en esta ocasión? ¿La cama de mi padre?
En aquel instante entró Mico, que habÃa examinado detenidamente el cuarto cercano.
—Señor —informó con cierta excitación—. Nos atacan por dos puertas al mismo tiempo.
—¿Suben por la escalera los kurdos, Mico?
—Antes bien serán los negros, señor. Los kurdos solo sirven para luchar con armas de fuego y no van a dejar las piezas.
—Me agradarÃa más entendérmelas con los kurdos, que son menos vigorosos. ¿Han iniciado el ataque con las armas que guardaban?