El León de Damasco
El León de Damasco —Aún no, señor. Pero pronto lo harán. Los hemos oÃdo conversar a la vez que subÃan las escaleras.
—¿Habéis hecho uso de todos los muebles?
—SÃ, señor, y además las puertas son muy sólidas y resistentes y están atrancadas por tres enormes barras de hierro cada una. No obstante…
Otro proyectil atravesó la ventana, destrozó un cuadro antiguo y se clavó en la pared, levantando una nube de polvo.
—¡Zara! —gritó Nikola, disfrutando en irritar al armenio—. De nuevo he vuelto a ganar y también pagará tu señora.
—¡Otro destrozo! ¡Y tú estás indemne!…
—Juego a la zara con tus proyectiles, Hassard, ya te anticipé que perderÃas el tiempo. Pero no imaginé que tu obcecación te fuera a resultar tan cara. Ya puedes prepararte para reembolsar a tu ama el valor de aquel cuadro antiguo, que se hallaba a la otra parte del espejo y que cifro en unos cincuenta cequÃes.
—¡También el cuadro! ¡Lo estamos destruyendo todo!…
—Es que habéis comenzado por lo de más valor. Al fin y al cabo no debes quejarte, ya que tu idea es destruir también la casa.
—Perro, ¡muere de una vez!…
—Me queda tiempo de sobra. Piensa que solamente tengo cuarenta y cinco primaveras.