El León de Damasco
El León de Damasco Y mientras Hussif se quemaba crepitando, Alí Arab ordenaba acelerar la marcha de sus naves para cerrar el paso a los venecianos y destruir o apresar sus galeras. Pero Veniero no era hombre que se dejara capturar, sobre todo disponiendo de mayor número de remeros y siendo sus barcos más veloces. Avanzó, por tanto, en doble columna en dirección al norte para eludir el peligroso combate.
—Se acuerda con demasiado retraso el musulmán —dijo a Muley—. Si confía en que me anime y caiga en la trampa, se engaña. Me es indiferente que me llame prudente.
Dirigió una ojeada hacia las galeras turcas, que aceleraban la marcha para cortarle el paso, y ordenó con la bocina:
—¡Fuego de bordo y después disparar con los cañones de popa!…
Las doscientas culebrinas de la escuadra, todas de más alcance que las turcas, despidieron imponentes descargas que atronaron el espacio, envolviendo los puentes con humo tan espeso, que por unos momentos los tripulantes no pudieron distinguir nada. Luego siguió el fuego de las bombardas y pedreros, más aconsejables para un asedio que para una batalla naval.