El León de Damasco

El León de Damasco

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—¿Aceptaréis el combate?

—Me es muy necesario conservar mis naves, señor Muley. La Serenísima, a pesar de que está construyendo a marchas forzadas, no tiene casi escuadra y no es cuestión de arriesgar el grueso de ella, hoy por hoy, en batallas parciales y sin resultados efectivos. Por otra parte, somos ocho contra dieciocho, y a pesar de que nuestras galeras sean de mayores dimensiones, más veloces y estén mejor armadas, no me interesa. Nos daremos a la fuga bombardeándolas y marcharemos a la ensenada de Capso.

Tomó la bocina y, con voz aún fuerte, dio al instante algunas órdenes, que el viento trasladó fácilmente desde su puente al de los otros siete navíos. Al momento se alteró el rumbo. Los remeros impulsaron, haciéndolas saltar, las ocho galeras, en tanto que el hisar de Hussif ardía como descomunal hoguera alumbrando con sus llamaradas el mar en una gran extensión.

Nadie pensaba en extinguir semejante incendio. Los escasos negros y kurdos huidos no se sentían capaces de retornar al castillo, imaginándolo aún en manos de los venecianos, y presenciaban a distancia, con las mujeres, los esclavos y los servidores el trágico espectáculo.


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