El León de Damasco

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CAPÍTULO XXIII

LOS ÚLTIMOS BALUARTES DE CANDÍA

Tres días más tarde la flota veneciana anclaba en la ensenada de Capso, en la que en aquel momento solamente se encontraba un lansko griego, pequeñísimo velero de unos cuatro metros escasos de eslora y tan abarrotado de géneros diversos que parecía fuera a irse a pique.

No cabía duda de que se había refugiado en aquel lugar por miedo a las galeras turcas que, a pesar del cerco de Candía, realizaban rápidas incursiones por el archipiélago para explorar la llegada de los refuerzos venecianos.

Nada más llegar las naves acudió Damoko, montando un fuerte caballo que parecía de raza turca, en compañía de cuatro de sus amigos, también montados a caballo y armados de una forma extraordinaria.

—Ahí tenéis, Muley, al imprescindible y leal amigo. Él y sus compañeros os ayudarán a entrar en Candía. Ya conocéis lo mucho que vale.

—Sí, almirante.

—Podéis confiar en él totalmente.

—¿Vos os quedaréis aquí?

—Hasta vuestro regreso.

—En tal caso mi padre permanecerá a bordo de la capitana.


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