El León de Damasco
El León de Damasco —De acuerdo. Pero no os descuidéis. Traed en seguida a vuestra mujer, ya que los turcos tal vez me descubran y me verÃa entonces forzado a marcharme. A Damoko le resultará fácil proporcionaros un corcel a vos, otro a Nikola y también a vuestro criado. No cabe duda que, en nuestra ausencia, se ha procurado buena cantidad de caballos turcos.
—No desearÃa ocasionaros molestias…
—Nada de eso. Si los turcos me fuerzan a marcharme, lo haré. Pero os garantizo que volveré en busca vuestra.
Mientras tanto Damoko y sus camaradas habÃan subido a la nave almirante. En seguida se preparó la expedición para ir a salvar a la duquesa antes de que fuera asaltada la ciudad pues se tenÃa noticia de que, literalmente arrasada por los proyectiles de las bombardas, resistÃa por un auténtico milagro, puesto que torres y torreones habÃan soportado excesivo cañoneo en el transcurso del prolongado asedio.
Al anochecer, un amigo de Damoko saltó a tierra para procurarse caballos, numerosos en todas las granjas de la isla debido a que los merodeadores turcos que cometÃan la imprudencia de acercarse en exceso a ellas eran abatidos a balazos, ya que la mayorÃa de los granjeros eran por necesidad soberbios tiradores, obligados a mantenerse de la caza.