El León de Damasco

El León de Damasco

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A la siguiente mañana, hacia las cinco, ocho caballos de muy buena raza pisoteaban la arena.

—Con esos corceles árabes —indicó el almirante a Muley— podéis efectuar una velocísima carrera. Candía terminará por llenarse de caballos turcos. Para algo habrá servido esta contienda a los isleños. Id y regresad cuanto antes, por las razones que antes expuse.

El León de Damasco, luego de abrazar a su padre y tranquilizarlo descendía a tierra a las siete en unión de su escolta. Todos iban armados con arcabuces, pistolas y armas blancas. Se despidieron por última vez y fueron aclamados por los venecianos con vítores y los ocho hombres subieron sobre sus caballos y desaparecieron al instante tras las alturas de las cercanías.

Damoko y Nikola, que eran los que conocían mejor la isla, marchaban delante, y hacia medianoche los ocho jinetes se encontraban en la granja del primero. Luego de haber comido y descansado, el León pretendió continuar el viaje.

—No sigamos, señor —adujo el cretense—. Resultaría muy peligroso llegar a Candía de madrugada.

—¿Y hemos de permanecer aquí hasta mañana por la tarde?

—Sí, señor. No habiendo efectuado señal, no nos sería posible aproximarnos a los bastiones sin ser muertos o heridos por la metralla o los arcabuzazos.


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