El León de Damasco
El León de Damasco —¿Qué señal hay que hacer?
—Encender un farol rojo.
—Conformémonos y aguardemos.
—Por otra parte, señor, quiero mandar a un par de amigos a que espÃen las cercanÃas de la ciudad. No conocemos hasta qué extremo estrechan los turcos el sitio.
—¿Se encontrará cercada CandÃa hasta el punto de volver imposible nuestra entrada en la ciudad? Estoy anhelando ver a mi esposa y ponerla a salvo, antes de la ruina final. Ya no podrán aguantar demasiado los venecianos.
—Desde luego, señor. Su valentÃa no será suficiente para salvar la enseña de la República, como no sea gracias a un milagro.
—Y es posible que ocurra, Damoko.
—¿De qué forma?
—Las naciones cristianas, cansadas de la arrogancia turca, parece que han resuelto asestarles el golpe definitivo.
—¿Quién os lo ha comunicado?
—El almirante.
—En tal caso algo de cierto debe de haber en ello. Pero para CandÃa será ya demasiado tarde.
—¡Cualquiera sabe!