El León de Damasco

El León de Damasco

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El cretense hizo un gesto de incredulidad con la cabeza. Después, en silencio, puso la mesa, presentando medio cabrito asado y algunos panes durísimos, además de unas botellas de vino blanco que habían traído de la bodega.

—Cenemos.

Así lo hicieron y con buen apetito los ocho. Luego se dispusieron a dormir otra vez todos, con excepción de uno, cuya misión era velar por los demás. La noche transcurrió tranquila y hacia la madrugada los campos proseguían desiertos.

—Esta tarde continuaremos el viaje —anunció Damoko a Muley—. Un par de mis amigos irán, tal como os dije, a explorar y si, como espero, el acceso a Candía es factible, a media noche pasaremos los bastiones.

Tras de haber almorzado, dos cretenses montaron, en efecto, a caballo y en seguida desaparecieron tras los viñedos.

Para los que quedaron, y sobre todo para el León de Damasco, las horas de espera se hicieron interminables. Al crepúsculo, los exploradores, con los caballos sudorosos, volvieron a la granja.

—¿Qué sucede?

—El sitio continúa de la misma manera. Será bastante sencillo para un grupo de hombres audaces penetrar en Candía.


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