El León de Damasco
El León de Damasco —¿Por dónde? —indagó Damoko—. ¿Por el bastión de Malamocco?
—Queda solo el puente de la Lid libre del asedio. Los restantes tienen delante las pasarelas turcas con bombardas y culebrinas.
—¿Asà que el sitio es casi absoluto? —indagó Muley.
—Casi, señor. Incluso las colinas que se levantan en dirección al sur de la plaza han sido tomadas. Cierto es que miles de turcos yacen sin enterrar en el fondo del barranco.
—¿De manera que opinas que podemos entrar?
—SÃ, señor.
—¿Y no habéis topado con exploradores? —interrogó Damoko.
—Al parecer no osan realizar incursiones desde que hace unos dÃas los venecianos realizaron una salida desesperada.
—¿Cómo os habéis enterado de eso?
—Por uno de nuestros hermanos escondidos en el campo al acecho de esa gentuza.
Ensillaron los caballos, les dieron nuevo pienso y al caer la noche cabalgaron y partieron al galope.
Damoko llevaba oculto bajo su capa un pequeño farol rojo, para poder aproximarse al bastión.
—Si no morimos, penetraremos en CandÃa.
—No moriremos, se entrará en CandÃa.