El León de Damasco

El León de Damasco

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—No se morirá, señor Muley. Los venecianos están informados de la señal y no abrirán fuego. Por el contrario, echarán al instante el puente levadizo. Solo me inquietan esos endiablados exploradores que escogen la noche para sus sorpresas. Por fortuna jamás van en gran número y somos muy capaces de acometerlos y terminar con ellos, tal como hicimos en mi granja hace breves días.

En Candía retumbaba el cañón. Las culebrinas dejaban oír sus secos estampidos; las bombardas su fragor imponente. Siniestros ecos que quebraban el silencio. Aunque lejanos, los jinetes distinguían los grandes proyectiles de piedra que cruzaban el espacio semejantes a bólidos, dejando detrás de ellos largas estelas de chispas, y percibían el estrépito que ocasionaban al abatirse sobre las míseras viviendas de Candía, ya medio arrasadas en los veintiocho meses de cerco.

Entre las diez y las once de la noche llegaron delante de los bastiones occidentales de Candía. Damoko se orientó en seguida y, tomando una larga pértiga, prosiguió su avance. A unos quinientos metros la clavó en tierra y puso sobre ella el farol. Todos desmontaron aguardando la señal del fuerte para seguir su marcha con seguridad. Pasaron unos minutos sin que los venecianos contestaran a esa señal, y de improviso Damoko apretó con fuerza el brazo de Muley.

—Ahí tenemos a esos malditos.


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