El León de Damasco
El León de Damasco —El establo. El heno está ardiendo y amenaza la vivienda.
—¿Nos vamos a dejar asar aqu� —exclamó la duquesa—. ¡Salgamos ya y lancémonos a la carga!…
—Por este lugar, no, señora. Será más aconsejable que los turcos no nos vean. Ayúdame, Mico.
—¿A qué? ¿A terminar con más miserables de esos?
—En este trabajo ya se afanarán los demás por lo menos durante cinco minutos. Vosotros defended enérgicamente la puerta y cuidaos de los ballesteros, más peligrosos en este instante que los arcabuceros.
En una de las paredes de la cocina habÃa una gran viga. Entre ambos la cogieron y comenzaron a dar golpes en uno de los extremos de la estancia con el fin de derrumbar aquella pared que afortunadamente no era demasiado sólida.
Mientras tanto los turcos no cesaban de disparar y gritar:
—¡Morid todos los de ahà dentro! ¡Perros despreciables! ¡Muerte a los cristianos!
Una densa humareda alzábase tras de la casa, progresando en dirección a la barricada y envolviendo a los arcabuceros.