El León de Damasco

El León de Damasco

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Los duques, que habían adivinado las intenciones del candiota, reunieron los caballos y comprobaron sus arreos con detenimiento. Una correa rota o floja podía provocar un desastre en una carrera desenfrenada como la que iban a iniciar.

Mico y Damoko continuaban su trabajo y habían derrumbado ya buenos trozos de pared. Los atacantes, ensordecidos por las descargas de los arcabuces, no podían percibir los golpes de la viga. Por otra parte, convencidos de que no podrían extinguir el incendio, se habían alejado algo más del parapeto, conformándose con vigilar la puerta por donde no les cabía la menor duda de que habrían de ver salir a escape a los cristianos para no sucumbir entre el fuego.

Los cuatro candiotas mantenían un intenso tiroteo contra los mahometanos, logrando de cuando en cuando herir o matar a un jinete o un caballo. Siete u ocho, más temerarios o más valientes, habían intentado una carga contra el parapeto tan obstinadamente defendido. Pero casi todos murieron en el trayecto.

—¡A caballo! —exclamó de improviso Damoko—. La salida ya está practicada.

—¡En marcha, Leonor! No perdamos un instante y que Dios nos proteja. ¡Hacia Capso!

—¿Estamos todos? —inquirió el cretense.

—Sí.

—¿Qué están haciendo los turcos?


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