El León de Damasco

El León de Damasco

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—Vigilan la puerta.

—¡A caballo y a todo galope!

Los turcos no podían ver el boquete abierto en el fondo y que constituía otra puerta lo suficiente amplia para permitir la salida de los jinetes. En un momento, por la brecha practicada por la que penetraba el humo en inmensas bocanadas, salieron a la campiña.

—¡A galope tendido! Por poco que tarden en comprobar los musulmanes nuestra huida, les habremos cogido una ventaja de quinientos metros, o tal vez mil.

En efecto, los turcos, tal vez a causa de las densas nubes de humo que envolvían la granja, no advirtieron la fuga. Pero no tardó uno entre ellos en dar la voz de alerta, ya que casi no habían avanzado mil metros cuando oyeron gritar:

—¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Los cristianos huyen!

Y como todos se encontraban montados emprendieron la persecución a todo correr de sus corceles.

—¡Dejadlos! —dijo Damoko, que indicaba el camino—. Nuestros caballos se hallan bien comidos y descansados, les hemos tomado una buena delantera y acaso se encuentran ya muy cerca los venecianos. Defended a la señora, señor Muley, a pesar de que ya conozco que lucha mejor que yo.


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