El León de Damasco

El León de Damasco

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Todos llevaban los arcabuces colgados de las sillas y blandían yataganes y espadas, ya que las armas de fuego no resultaban eficaces en una carrera tan desenfrenada como aquella.

El León de Damasco, que había quedado en retaguardia en unión de los cuatro candiotas y el albanés, antes de avanzar para situarse al lado de su esposa y de Damoko, se volvió a sus perseguidores y les gritó, blandiendo su temible espada con su fuerte brazo:

—¡Venid a cogernos si sois capaces, perros! ¡Somos cristianos! Yo he renegado de ese falsario de Mahoma y no soy ya de vuestra religión. Venid, si os atrevéis, a combatir contra el León de Damasco y el capitán Tormenta, que tanto temor os infundió en Famagusta.

Los turcos contestaron con infernal vocerío. Pero ya no pretendieron espolear más a sus corceles para disminuir la distancia. Se consideraban muy pocos para atacar a tan famoso guerrero, la mejor cimitarra del Islam, en especial yendo en compañía de la duquesa, considerada como la más valiosa espada de la Cristiandad.

No obstante, no dejaban de perseguirlos y de vez en cuando les disparaban flechas, que jamás acertaban en el blanco. Los corceles de los fugitivos, menos cansados que los de los perseguidores, ganaban poco a poco terreno, avanzando por los desolados campos repletos de huesos humanos y por entre los viñedos y chumberas.

Muley se dirigió hacia Damoko.


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