El León de Damasco
El León de Damasco —¿No podrÃamos rodearla? —inquirió la duquesa—. Es que los caballos empiezan a dar indicios de fatiga.
—No es posible, señora. Está cercada por barrancas y desfiladeros que…
Se interrumpió de improviso y prestó atención.
—¿Qué ocurre, Damoko? —indagó Muley, que advertÃa que los caballos iban a quedar rendidos tras remontar y bajar aquella colina.
—He creÃdo oÃr una trompa.
—¿No estarás equivocado?
—No, señor.
—¿Turca o veneciana? Su sonido es bien diferente para que puedan confundirse.
—OÃd.
—¿Será Nikola que se aproxima?
A pesar del fragor de los cascos de los caballos sobre las rocas, todos los fugitivos pudieron percibir los sonidos de una trompa. Lanzaron una exclamación de alegrÃa:
—¡Adelante! ¡Adelante! ¡Son los venecianos!…
—¿Tendremos tanta suerte, Muley? Noto que mi caballo, extenuado ya por los forzados ayunos de CandÃa, va a desplomarse de un instante a otro.
—Te daré el mÃo. No te inquietes.