El León de Damasco

El León de Damasco

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—Bueno, pues venid El almirante tiene prisa por hacerse a la mar. En último término, dejad los caballos.

—¡Oh! Puesto que ya no nos persiguen, no es preciso apresurar a los animales y pueden alcanzar la ensenada —adujo Muley.

Emprendieron la marcha, subiendo lentamente la colina y fueron recibidos por exclamaciones de alegría de los venecianos, que apreciaban mucho a la duquesa, la heroína de Famagusta, y a su esposo.

A lo lejos, los escasos turcos que pudieron salvar la vida, seis u ocho, galopaban desenfrenadamente, aunque en silencio. Ya no atronaban los aires aquellos gritos de exterminio de ¡mueran los cristianos!

Tenían suficiente con la lección que les habían dado los cristianos y no se sentían capaces de hacer nuevas probaturas, asestando otro de aquellos golpes que tan famosos hicieran a los merodeadores del sultán en los alrededores de Candía, plaza ya inerme para la defensa.

Los fugitivos emprendieron lentamente, riendo y conversando con los marineros (que realizando un desesperado esfuerzo habían ido en su busca, puesto que la flota no disponía de caballos), el camino de Capso, contemplando el soberbio espectáculo del mar, iluminado ya por los primeros resplandores del sol.


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