El León de Damasco
El León de Damasco LA BATALLA DE LEPANTO[11]
Nada más pasar a bordo nuestros amigos, la flota, no reforzada con ninguna nave más, a pesar de las continuas promesas de la Serenísima, levaba anclas y se hacía a la mar, con la esperanza, que anidaba en todos los pechos, de reunirse a los navíos de las potencias marítimas cristianas.
Se había decidido asestar el golpe definitivo al orgullo, o para ser más exactos a la insolencia musulmana por haber insistido en ello Venecia, siempre al frente de toda expedición audaz a Oriente. Y la más interesada, pidiendo a Pío V que ejerciera su influencia entre las más poderosas naciones cristianas para constituir una Liga.
Ya todos los Estados cristianos padecían las consecuencias del poder y las incursiones mahometanas, que entorpecían el comercio, apresaban naves, sin preocuparse del país que fueren, y condenaban a los cautivos a la despiadada labor del remo, sin esperanza alguna de poder algún día tornar a ver a sus familias.
El año anterior, el Papa había conseguido la ayuda de España, la máxima potencia marítima de la Cristiandad y que por razones políticas hubiera deseado la ruina de Venecia, su enemiga y siempre alerta para eludir ser dominada por Felipe II, más ambicioso, si bien menos guerrero que Carlos V, y que anhelaba conquistarla para culminar el total dominio de Italia.
