El León de Damasco
El León de Damasco —Tengo la completa seguridad, señora, como también estoy seguro de que Haradja se encuentra en la capitana.
Un destello de odio brilló en los hermosos ojos de la duquesa.
—¡La tigresa de Hussif! —exclamó con voz ronca—. Como me la encuentre cara a cara le traspasaré la garganta con mi espada. Ha sido muy mala con nosotros esa mujer, ¿no es cierto, Muley?
—SÃ, Leonor. Y como yo me hallaré allÃ, van a ser dos las estocadas que reciba esa perversa mujer.
—Guarda la vuestra para el bajá —adujo el almirante—. Vuestra esposa puede enfrentarse a la sobrina sin precisar la ayuda de vos.
—SÃ, Haradja para ti, Leonor; para mà el bajá.
—Y para mà el capitán de armas —anunció en aquel instante el bajá de Damasco, que acababa de aparecer sobre el puente—. De esta forma cada uno tendrá su trabajo. ¿No lo consideráis asÃ, señor almirante?
—¿Asà que ya no sois mahometano, señor?
—No, no. Pienso hacerme cristiano, igual que mi hijo, si pisamos tierra italiana —exclamó el anciano.
—¡Al fin! —dijo Muley, abrazando a su padre—. La Cruz te ha tocado.