El León de Damasco
El León de Damasco —Me parece que sí, hijo mío. Estoy cansado de pertenecer a una nación tan salvaje, que no habla sino de empalar y desollar. Maldito sea ese embaucador de Mahoma, que nos ha convertido a nosotros, nobles y valientes guerreros, en una horda de bárbaros siempre sedientos de sangre humana.
—La principal culpa, señor, la tienen los sultanes —adujo Veniero—. No dejaron jamás de reclamar carne cristiana, como si nosotros solamente hubiéramos sido creados para soportar todos los espantosos suplicios ideados por vuestros compatriotas, como si imaginaran que nuestra piel y nuestros nervios son menos sensibles que los suyos.
—Estáis en lo cierto, señor almirante. Pero yo considero que también para los sultanes se ha iniciado una época de decadencia.
Mientras, la flota, precedida de una ligera galeota enviada por don Juan de Austria a Veniero con el fin de apremiarle, navegaba con toda la rapidez posible, manteniéndose siempre alerta, ya que podría ser que toda la flota mahometana estuviera en su persecución.