El León de Damasco
El León de Damasco —Ya era hora de que aquella cristiana, transformada en sultana, se marchara, no sé si al paraíso de los suyos o al nuestro. Se pasaba el día contemplando el Bósforo, y cuando caía la noche se entretenía haciendo descuartizar a sus rivales turcas. Por último osó meterse con la hija del necio sultán, y eso fue su perdición.
—¿Quién te ha explicado eso? —inquirió con curiosidad el anciano, olvidando totalmente sus dolores.
—Te digo de nuevo que lo sé. Y te garantizo que ya era hora, puesto que la hermosa rubia veneciana se había vuelto terrible. Tuvo el atrevimiento, luego de haber pretendido asesinar al primogénito de Ibrahim con unas frutas envenenadas, de insultar a la hermana…
—¡Qué osadía!
—En el pecado ha llevado la penitencia.
—Explica, explica.
—¿Y tu… piel?
—No te inquietes por ella. Las historias trágicas nos interesan mucho a los mahometanos.
—Pues escucha. Al enterarse el sultán, enfurecido por el insulto dirigido a su hija y a su hermana, la hizo llamar y le dijo: «¿No recuerdas, cristiana, la diferencia que existe entre mi hermana y tú?».
—«¿Qué diferencia?» —inquirió con acento de orgullo la cristiana.