El León de Damasco
El León de Damasco —O delante de sus muros.
—¿Con las naves de tu famoso tÃo?
—No es de tu incumbencia cómo.
—No obstante, me interesa saberlo. ¿Estaré yo presente en la lucha?
—Tú descansarás en los subterráneos de mi castillo. Dispongo de algunos tan frescos que da gusto vivir en ellos.
—¿Y tú supones que no habrá quién vengue la injuria hecha al gobernador de Damasco?
—¿Y quién va a vengarla? ¿El sultán? El sultán tiene más graves preocupaciones. Está en exceso abatido por haber dado orden de que mataran a su muy cruel sultana.
—¿Cuál? ¿Roxelana? ¿La gran sultana que hacia estremecerse de espanto a todo el serrallo?
—También noble veneciana y que superaba en belleza (¡qué pelo tan largo, sedoso y rubio y qué ojos más negros y expresivos!) y crueldad a la célebre «Baffa» y a cualquier otra favorita musulmana.
—¿Ha muerto, dices?