El León de Damasco

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—¿En Candía? —inquirió Haradja—. ¿Y qué han ido a hacer a esa ciudad?… Yo estoy enterada de que la duquesa se dejó sorprender en Famagusta por el francés que era su novio… Pero ¡en Candía!

—Ya te indiqué que tiene posesiones en la isla.

—¿Me estás mintiendo, bajá? ¿No será un engaño para eludir las navajas de Hamed?

—No, ya que estoy convencido de que tú, con toda tu jactancia, y con el capitán de armas y con el célebre almirante y antiguo pirata, no entrarás nunca en Candía.

—¿Lo juras por el Corán?

—¿Qué se encuentran allí? Lo juro.

—Es suficiente: te considero buen mahometano.

Hamed, a una orden de su señora, colocó con cuidado la piel que había levantado y la cubrió con un trozo de trapo humedecido en agua salada, y luego de ponerle una especie de venda y tras vestirle otra vez con la camisa de seda amarilla y los calzones, soltó las ligaduras del anciano y le depositó con cierto miramiento sobre las culebrinas que hacían las veces de silla.

—¿Estás ya contenta? —interrogó, dirigiéndose a Haradja, la cual seguía contemplándole sin perder su impasibilidad.

—¿Y piensas ir en su busca?

—Desde luego.

—¿Dentro de Candía?


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