El León de Damasco

El León de Damasco

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—¡Ya está bien, perro! ¡Que el profeta te maldiga a ti y a tu señora!

—Pues solamente te ha levantado un par de palmos escasos de piel —repuso Haradja, con ironía—. Observo que los gallos de Damasco aguantan poco. ¿Deseas que el valeroso Hamed prosiga o resuelves hablar?

El bajá continuaba silencioso; la sangre corría abundante por su espalda. A un gesto de su ama el verdugo dejó caer la piel.

—Como ves, bajá, no me espanto con facilidad ni me interrumpo a la mitad. Si no me informas sobre lo que deseo te haré desollar totalmente.

—¿Deseas saber dónde están mi hijo y su esposa?… Te lo voy a decir: se encuentran en Candía… Marcha allí a apresarlos si eres capaz. Cincuenta mil turcos murieron alrededor de la ciudad, delante de los fosos que defienden los venecianos, y todavía ha de caer otro número semejante. Si hace breves semanas pudieron al fin conquistar Canea, no se apoderarán tan fácilmente de Candía. Hace diez años que estamos preparando minas y que tu tío cañonea día y noche la plaza sin haber conseguido izar en aquellas ruinas la enseña del imperio… ¿Deseas ir en su busca? ¡Atrévete, pues! ¡Ve, ve y verás!


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