El León de Damasco
El León de Damasco Un fiero bramido ahogó su voz. La tripulación de la galeota, aunque ya sin armas, protestaba contra aquella cruel tortura que se intentaba aplicar a su señor. Haradja miró despectivamente a los tripulantes y ordenó a Metiub:
—Que carguen cuatro culebrinas con metralla, y si esos necios dan un paso, barre el puente.
—Conforme —repuso el capitán, que a cada momento hablaba en tono más seco.
Hamed empezó su trabajo, levantando la piel del hombro de la víctima con la navaja de afeitar. La sangre empezó a surgir, extendiéndose con rapidez. El bajá no había lanzado ni una exclamación. Haradja apretó con furia los puños; la frente de Metiub empezaba a ponerse ceñuda.
—¿Confesarás?
—¡No sé nada! —respondió el anciano, apretando los dientes.
El verdugo había ya levantado una porción de piel e impasible preguntó con la mirada a la cruel muchacha.
—¡Prosigue!
El verdugo tomó la segunda navaja y prosiguió desollando al padre del León de Damasco, procurando no dañar los músculos. Por un momento todavía aguantó el anciano con aspecto impasible, pero, por último, el horroroso dolor le obligó a proferir un grito.