El León de Damasco

El León de Damasco

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—¡Ya está bien! —exclamó con vehemencia la joven, incorporándose, en tanto que el verdugo de la galera hacía preparar el tablado de la tortura y revisaba sus navajas.

—¿Qué deseas? —inquirió el bajá.

—Hace ya media hora que insisto en que me digas dónde está la duquesa.

—Y media hora hace que te digo que no lo sé.

—¡Ah! ¿No lo sabes?

—No.

—¡Por Alá! Ahora lo veremos.

A una indicación suya Hamed se precipitó sobre el bajá, le quitó la cubierta que le envolvía, los calzones y la camisa, que eran las únicas ropas que llevaba, y le tumbó sobre la mesa con la ayuda de sus secuaces. Luego le ató los brazos y las piernas, con la espalda hacia arriba.

—Puedes vanagloriarte de contar con un verdugo que no trata con consideración ni a un bajá. Que el profeta le guarde de caer algún día en mis manos.

—Si me hubieses mandado tú otro… Pero en Chipre no disponemos de otro mejor.

—¿Yo?… ¡Muy irónica estás!

—¿Comienzo, señora? —indagó Hamed, que ya hacia rato afilaba las navajas, frotándolas una contra otra.


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