El León de Damasco
El León de Damasco —Te advierto que son muy obstinados los turcos de Asia Menor.
—¿Deseas regresar a Damasco?
—¿Y qué debo hacer? Ya me he cerciorado de que nada he de notificar al sultán Ibrahim.
—¿Qué debes hacer? ¡Hablar! —exclamó Haradja, que semejaba una tigresa.
—Puedo hablarte respecto a los bandidos sirios que…
—Explícaselo a tus favoritas.
—Ya están enteradas del asunto, y sería fastidiarlas insistir en la narración.
—¿De manera que no me dirás dónde se encuentra el capitán Tormenta?
—¿Pretendes hacerla asesinar? No dejarías de hallar bravos de Trípoli, Argel o Marruecos prestos a venderte su puñal…
—Te equivocas. Soy lo bastante diestra en esgrima para enfrentarme a la duquesa italiana.
—Efectivamente. Me han asegurado que tu capitán de armas, que tiene fama de ser una de las mejores espadas del imperio, te instruyó en el manejo de las armas.
—¿Quién te lo dijo?
—Lo oí explicar en Damasco.
—¡Ah! ¿Se habla de mí en Damasco?
—Chipre está muy próximo…, y en alguna ocasión se habla del castillo de Hussif y de su castellana.